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Abrió los ojos, confundido, y en una imagen nublada vio una cara que le pareció familiar.
Los últimos resabios de anestesia estaban abandonando su cuerpo, y el rostro iba volviéndose más nítido.
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| Reeves, en el año más complicado de su vida, le dio a Atlanta su único viaje al SB |
"¿Lee?"
"Sí, padre. Soy yo. ¿Cómo te sientes?"
"¿Qué hora es, Lee?"
El lunes 14 de diciembre de 1998, Dan Reeves pasó buena parte del día en el quirófano. Los cirujanos abrieron su esternón y detuvieron su corazón, para insertarle una vena que habían quitado de su pierna.
Luego lo revivieron y cerraron el pecho, para una exitosa operación de cuádruple bypass.
Ahora estaba despertando en la habitación del hospital, y el entrenador en jefe de Atlanta quería saber qué hora era.
"Ocho y media", respondió su hijo.
"¿De la mañana o de la noche?"
"De la noche".
No era el grito de un fanático empedernido de fútbol americano. O tal vez sí lo era, pero también era el grito del mandamás de un equipo que estaba en medio de una lucha feroz por el título de la NFC Oeste, precisamente contra San Francisco, el equipo que jugaba esa noche.
Lee Reeves sintonizó el partido, y su padre vio a los 49ers de Steve Mariucci aplastar a los Lions de Bobby Ross por 35 a 13.
Con ese triunfo, los Niners llegaban a marca de 11-3, pero Atlanta aún tenía un juego de ventaja. Estaba 12-2, tras haber vencido el día anterior a los Saints de Mike Ditka.
Si ganaban los dos partidos restantes, ante Detroit y Miami, los Falcons serían campeones de división por primera vez en 18 años.
En las dos décadas previas a la llegada de Reeves, Atlanta había tenido cinco entrenadores en jefe, y ninguno de ellos se había ido del equipo con más victorias que derrotas.
Finalmente, luego de tocar fondo con una temporada de 3-13 en 1996, la directiva de los Falcons decidió hacer lo que muchos en Atlanta consideraban que ya era hora de hacer: contratar a un entrenador en jefe con éxito probado, y darle poder absoluto en el manejo del equipo y en el movimiento de jugadores.
El elegido fue Reeves, quien a fines de los '80 había llevado a los Broncos a tres apariciones de Super Bowl, tras haber conseguido al mariscal John Elway en un canje con Baltimore.
Con plena autoridad para cualquier decisión vinculada con el fútbol americano, Reeves inició de inmediato la reconstrucción de los Falcons.
Reinstaló la disciplina que desde hacía años se había perdido, y acabó con los privilegios que venían arrastrando algunos veteranos de renombre.
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| Reeves se ganó la fidelidad y admiración de Mathis y de la mayoría de sus compañeros de los Falcons |
Y si alguno de ellos no estaba de acuerdo, allí tenía la puerta para irse.
Las piezas tardaron en acomodarse, como era de prever, y Atlanta perdió siete de los primeros nueve partidos de 1997, la primera campaña de Reeves en el timón.
Pero después vinieron cinco victorias en fila, con una derrota por 3 puntos en la última semana, para terminar 7-9.
Al comenzar la temporada siguiente, el recambio había sido tan grande, en apenas un año y medio, que 39 de los 53 jugadores de la plantilla activa habían sido traídos a Atlanta por Reeves.
Y los 14 que permanecían de años anteriores, eran lo que se habían comprometido 100 por ciento con el plan y la filosofía del nuevo jefe.
A mediados de temporada, después de que los Falcons enviaran un fuerte mensaje a la liga con una paliza de 41-10 a los Patriots de Pete Carroll, para ponerse 7-2, Reeves sintió un agudo ardor en el pecho.
Los síntomas se volvieron más preocupantes en las siguientes semanas, y finalmente los doctores le dijeron que iba a ser necesaria una operación a corazón abierto.
Reeves nunca dijo nada a sus jugadores, para no causar distracción, y ese lunes, sin dar aviso alguno, se internó en terapia intensiva.
Cuando los jugadores se enteraron de la noticia a través de los medios, llegaron en oleadas al hospital, a rezar por su entrenador.
"La gente no sabe lo que Dan significa para nosotros", dijo el receptor abierto Terance Mathis. "Sólo nosotros lo sabemos".
El fullback Bob Christian no podía creer que Reeves hubiera mantenido en secreto su problema de salud.
"¿No quería volverse una distracción?", se preguntaba Christian. "¡Peor distracción habría sido si se hubiera desmayado en las laterales!"
"Él estuvo conmigo cuando entré a la cárcel", comentó el apoyador Cornelius Bennett, quien había pasado 35 días en prisión antes de la temporada, bajo cargos menores de agresión sexual. "Y él estuvo conmigo cuando salí de allí. Siempre confió en mí, y se lo voy a agradecer toda la vida".
En contra de las recomendaciones médicas, que le exigían meses de recuperación, Reeves regresó con los Falcons cinco días después de la cirugía.
Ingresó a la sala de reuniones, y todos los jugadores se pusieron de pie para aplaudirlo.
"Éramos cerca de 50 en la sala", recordó Mathis, "y todos estábamos a punto de llorar".
Reeves retomó inmediatamente su ritmo habitual de 12 a 14 horas de trabajo diarias, y su corazón no resistió.
Intensos dolores de cabeza lo llevaron de regreso al hospital, donde los médicos le explicaron que, culpa de haber forzado su cuerpo tan poco tiempo después de la operación, ahora los ventrículos de su corazón no estaban funcionando en sincronía.
El problema podía solucionarse, pero necesitaba medicación y reposo.
Reeves regresó a su casa, donde su mujer estaba decidida a no permitirle trabajar.
"Pero él le decía que iba a sacar la basura, y entonces se subía al auto y venía a las reuniones", reveló el profundo Eugene Robinson.
Los Falcons ganaron aquellos últimos dos partidos de la temporada, para terminar 14-2 y asegurarse la corona de la NFC Oeste y un descanso en la primera semana de playoffs.
Para el juego de la ronda Divisional, Reeves recibió permiso de los médicos para volver a las laterales.
El rival era San Francisco, que venía de vencer en Comodines a los Packers de Mike Holmgren.
El permiso de los médicos era bajo la estricta condición de que Reeves controlara sus emociones.
"Intenté controlarlas", confesó el entrenador. "Al principio del partido me decía a mí mismo: 'Quieto... quieto... tranquilo...' Hasta que los árbitros hicieron una llamada con la que no estuve de acuerdo".
La llamada que le hizo a Reeves perder el autocontrol llegó en el segundo cuarto. Parecía que Atlanta había logrado una temprana ventaja de 3 touchdowns, cuando el ala defensiva Chuck Smith tomó un balón que había quedado flotando en el aire y lo devolvió hasta las diagonales. Sin embargo, uno de los réferis señaló que Terry Kirby, corredor de San Francisco, había tenido posesión del ovoide y tocado el suelo con la rodilla, antes de soltarlo para que lo atrapara Smith.
San Francisco mantuvo la posesión, y un pase del mariscal Steve Young al receptor abierto Jerry Rice acercó a los Niners a 14-7.
Un gol de campo de Wade Richey puso las cosas 14-10, antes de la primera mitad.
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| Ray Buchanan, Jamal Anderson, Robinson, Reeves y el baile "The Dirty Bird", tras el triunfo ante Vikings |
Hacia finales del tercer cuarto, los 49ers estaban marchando.
Era tal el griterío de la fanaticada en el Georgia Dome, que los frontales defensivos de Atlanta no podían implementar una serie de imaginativas cargas que tenían pensadas utilizar contra Young, porque no lograban comunicarse entre sí.
San Francisco llegó a la yarda 24 de Atlanta, buscando un touchdown para pasar al frente
Robinson, a quien la ansiedad no le había permitido conciliar el sueño la noche anterior, había pasado horas en la cama con el televisor prendido --mientras su mujer dormida refunfuñaba a su lado--, dándole vueltas y vueltas al video del reciente triunfo de San Francisco sobre Green Bay.
"El ritmo y la cadencia de Young fueron decantando en mi mente", explicó el profundo. "Se fueron marinando en mi subconsciente".
Desde la 24 de Atlanta, Young retrocedió para lanzar, y Robinson vio lo mismo que había visto infinitas veces la noche anterior, en el pase de touchdown de Young al receptor abierto Terrell Owens, para la victoria en los últimos segundos ante los Packers.
"Cuando noté que giraba los hombros de cierta manera, supe que buscaría a Owens", aseguró Robinson.
Efectivamente, Young lanzó en esa dirección, y hacia allí fue Robinson, quien atrapó el balón y lo devolvió 77 yardas.
En lugar de touchdown de San Francisco, fue gol de campo de los Falcons, quienes se mantendrían al frente en el marcador el resto del partido, para terminar imponiéndose por 20-18.
Era el final de la última temporada completa de Young en San Francisco. El epílogo de una era hegemónica, que les había dado a los 49ers cinco Super Bowls en 14 años.
Los Falcons vencieron la semana siguiente, en un partido épico, a los Vikings de Dennis Green, dueños de una ofensiva imparable con el mariscal Randall Cunningham, el corredor Robert Smith, y los receptores abiertos Cris Carter y Randy Moss.
La magia de Atlanta terminó en el Super Bowl XXXIII, cuando Elway obtuvo su segundo anillo con los Broncos, el equipo cuya base había construido Reeves.
FUENTE DE LAS FOTOS: Getty Images
Publicado originalmente en enero de 2011.




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